martes, 3 de enero de 2012

Rebajas de enero

Cuando nada parezca ser como debería ser, recuerde dar unos pasos en la arena. Porque la arena no construye solamente castillos en el suelo, sino que bien puede edificarlos en el aire. Porque no sólo nos permite dejar huellas, sino examinar las huellas que nos han dejado marcadas (en la piel, en los huesos, en la sangre). Camine despacio, no se apure, arrastre un poco los pies. Deje que la arena se desparrame entre sus dedos, que lo recorra, que le impida avanzar. Así caminando se pasan los minutos y las horas. De repente, como una ráfaga de viento, va a sentir el golpe seco en la frente: la solución. O por lo menos, la manera de alcanzarla. Así de pronto todo encaja, los como, los por qué, las preguntas, las respuestas. Todo, todo se entiende. Se definen el amor y el desamor. Los pies se alejan del mar, cada vez más ligeros, cada vez más confiados. Y todo porque dimos unos pasos en la arena, solo unos pasos, solo unos instantes. Te amo (sí, te amo). Te odio (tan lejano). Dame más (siempre).

sábado, 10 de septiembre de 2011

El equilibrio del mundo

Ante todo debo aclarar que siempre fui una desequilibrada. Sí, puede que por momentos, en los puntos más álgidos de mi corta existencia, me viera tentada a decir “Mira como me mantengo en un solo pié”. Pero el temblor está ahí siempre (despiertamente cuando pase). Y mi locura, mi hermosa locura, la sabia respuesta a toda esperanza, me rescata de mil miserias y de mil cristales rotos, de vez en cuando y de cuando en vez. El caso es que no sé distinguir lo complicado de lo simple, y por eso a veces naufrago en charquitos de agua turbia, y me siento pequeña, muy pequeña. Y respiro hondo, y salgo a la superficie, y me veo tan grande como soy capaz de ser. Pero bueno, estábamos hablando del equilibrio, ¿no?

Equidad, equitativo, equino, equinoccio. Ganas repentinas de componer trabalenguas cuando tu lengua se enreda con la mía, tan cómplices como si hubieran nacido una pegada a la otra, bien mudas porque al hablar es cuando uno intenta disfrazar de razón cuestiones que no le pertenecen. Y bueno, precisamente hablábamos de equilibrio, y yo siempre fui una equilibrista de cuello roto. Entonces no me pareció mal, ni riesgoso, ni difícil, jugar a la trapecista aferrándome de tus rulos y colgando del hilo ténue de tu respiración en las noches. Y claro, ¿qué podía ocurrir? Una y otra vez hice piruetas en tu boca porque, después de todo, había una red bajo mis pies (ingenua de mí). Besas los moretones de golpes adquiridos en trapecios tan lejanos que dan vértigo cuando se mira hacia atrás, y yo no sé qué hacer con tanto amor en las venas. Venas por las que sólo corría el humo, el vino triste y el silencio de las noches de acrobacias sin dormir, tonta de mí, creyendo que eso era estar despierta. Pero todo arde si le aplicas la chispa adecuada, y yo resulté ser de plástico inflamable, un papel abandonado a la luz de una vela, y una vida entera enloqueciéndome. Entonces me derrito cuando invadis mi cuerpo, y la soga tiembla y compruebo con horror que la red no existe, que a mis pies sólo hay abismo, que nadie se salva de perder hasta los huesos cuando la vida te da revancha .Y acá estoy yo, loca trapecista, herida y trastocada, bebida y trastornada, y escucho mis latidos desbocados y miedosos. Pero, bueno, estaba hablando de equilibrio, ¿verdad?

Si de equilibrio se trata, diría que para mí es una noción desconocida, una utopía, un pozo ciego, un bosque a oscuras, desconocido, inabarcable. Diría que no existe otra cuerda más que la floja, que suele romperse al instante, dejándote sólo, pendiendo de un hilo. Diría que hay partes de mí que me eran desconocidas hasta que que caí en la arena de este circo desquiciado; que me comen los leones, que no hacen reír los payasos, que el temblor no pasa (y por eso no me despiertan), que la que hace malabares soy yo, siempre yo, sólo yo. Diría tantas cosas pero prefiero callarme y no despertarte. ¿Para qué? Si todo eso que diría ya no lo digo, no sucede, si ya salí del circo, si la vida es otra cosa. El equilibrio del mundo depende de cada pavada…Mi equilibrio depende de que soñemos en la misma almohada, mis demonios y yo, tu viento (ese que me arrancó de pié) y vos.

lunes, 1 de agosto de 2011

Bongiorno, principesa

Me gustan los picodulce, en cantidades industriales. Algunos días de enero me encienden más que otros. No soy yo cuando es invierno, soy una sombra amarga de mi propio ser. Se me escapan las mitades de muchas de mis ideas cuando me despìerto. Sueño cosas raras, cosas lindas, sueño cosas. Le tengo miedo a caer en paracaídas por las cosas más hermosas de la vida (pero lo hago igual). Escribo para entender. Escribo para seguir. Escribo para lavar las heridas y para fijar las sonrisas en los extremos de mi memoria.

Intenta arreglarme: lo intenta de veras, le pone el corazón, remienda, cose, martilla, lija, me cubre despacio con el barniz. Da besos en todos los sitios dañados. Le sonríe a mis ruinas. Le sonríe a mis ruinas y yo…Yo no sé sonreírle, no sé mimarlo, no sé cuidarlo, no sé contenerlo, no sé como hacer que se quede. Amarlo sí sé. Eso lo aprendí tan rápido que me da vértigo.

¡Puta yo, y todos mis mambos! ¡Puto el dolor, puta la vida, re puta la suerte! ¡Y bien malparido sea el amor, que tiene demasiado filo para dormir en los colchones (e igual lo hace, y sangra, y duele)! Ahora es cuando viene el genio de la lámpara y me dice: “Tenés tres deseos”. Yo pido que toda esa magia se vuelque en uno, y enmudezco. Él, sonriendo socarronamente, me pregunta: “¿Y qué es lo que desea señorita?”. Y yo, luego de minutos prolongados, formulando y reformulando, mirando el suelo, temblando, contesto: “Sentir”.

Me gusta tu sonrisa de nene travieso. Me gusta estirarte los rulos uno por uno. Te miro dormir (shhh, no le digas a nadie). Y mientras tu mente divaga por rincones a los que no soy capaz de llegar, me aferro a tu cuerpo porque tu alma no la toco, no la siento, y por un rato sos mío, y sonrío, y me duermo. Es ahí, en tu cama, con tu aliento en el aire, el único lugar donde la soledad tiene miedo de venir a buscarme. Quisiera que me vieras cuando duermo junto a vos: se me nota la paz entre los dientes.

lunes, 11 de julio de 2011

Luna de Valencia

Perdón. Parece que la gringa tenía corazón, y lo noto aquella vez que su abuelo así la llamo. Y pidió perdón, no entiende, hasta el día de hoy, porque la culpa se la apoderó. Creyó haberla matado, y se equivoco. Parece ser que la muy turra espera escondida detrás del fleco de algún pañuelo, para atacarla sin asco y sin miedo. Y pidió perdón, perdón por tener corazón. Miles de silencios la acobardaron en algún momento, y ahora que palabras tenia y miradas recibía, la culpa la perseguía. Parece ser que la gringa también se dio cuenta de que era mujer, que podía hacer cosas como llorar, coser y cantar. Y depender, sobre todo se dio cuenta de que podía depender. Y no le gusto, y pidió perdón. Que rara forma de querer salir de ese cuento maligno, atosigada por la culpa y arrodillada implorando perdón, que no se moleste el señor.

Su mente retorcida creaba personajes innecesarios, no podía distinguir entre lo pasado y pisado y lo realmente enquistado. No podía pensar bien sobre las metas que tenia, no podía ir mas allá de la agonía, y ese miedo la mataba. No quería la gringa terminar llorando en la cama.

Tenía un par de idolas que hablaban de lo inevitable, del café y del fútbol imposible de entender, y ahí cayo en la cuenta de que podía llegar a dar lo mismo estar o no estar. Y eso la acobardo. No se permitía llorar, no se permitía no facilitar las cosas, y eso la ataba, la ataba a una racionalidad de la que ella escapaba, había cosas que no se podían explicar, el amar, el extrañar, el querer y necesitar, cosas tan ajenas para ella, ahora las tenia. Las tenía bien adentro, pinchándola, molestándola, haciéndola sangrar, y parece ser que las tenía que racionalizar, 2 dedos de frente tenían y no podía aparentar, o eso le decían.

Estaba enojada, y eso no le gustaba. No sabía bien a quién culpar ahora, si a ella, o a él. No sabía bien si debía comenzar a culpar, o tenia que simplemente dedicarse a llorar. No sabía si quería hacerlo, si deseaba hacerlo o simplemente si lo necesitaba. Sólo sabía que lo quería, que lo extrañaba, que lo necesitaba, y parecía sentir entonces que nada de eso hacía falta. Con entender bastaba, y con eso pretendían conformarla-

Pobre gringa ofuscada, su pelo enmarañaba, los nervios la consumían, las lágrimas la perseguían, pero entendía, claro que entendía, simplemente no quería acostumbrarse, no podía con las miles de contradicciones que la atacaban cuando menos lo necesitaba. Y así estaba, la pobre gringa odiándose así misma por no ser un objetito tan racional como se pretendía.

viernes, 24 de junio de 2011

Mientras cruza sin mirar las avenidas


Esa sensación que resulta de la mezcla más extraña que concibe al amor. Esa locura de atar y no soltar, de atrapar, de encajar. De encajar a la perfección al punto de no poder disipar.

Se sentía atrapada en la mezcla más dulce en la que jamás había navegado. La que andaba en el medio de la mar tenía un pez compañero, que no la soltaba, que no la largaba, y le gustaba.

Quiso escribir las cosas más sucias, y no le salió, quiso tener los pensamientos más impuros, y su mente le falló, quiso odiarlo hasta el cansancio, y su corazón le ganó. Pensar en sus manos agarrándola le producía un escalofrío escalofriante, mezcla inmadura de venganza y placer, de amor y poder, de odio y ver sangre correr. Había esperado esa caricia años luz pasar, su tiempo no tenía tiempo, no tenia lugar, no tenía cuadrado en el cual encajar. Su personaje se la había devorado por completo, al punto de pensar ya que nada la podía salvar. Se sabía muy bien así como estaba, solita, en el medio de la mar, sin nadie más que la acompañara. Se sentía muy bien así como estaba, poderosa, perceptiva, elegía y deshacía, sabia que podía. A nadie engañaba, más que a ella y su alma. Se creía la reina de la bailanta, y le encantaba. Nadie mejor que ella para adueñarse de un cuerpo desconocido, desnudo, mutilado, apabullado. Ella podía, todo podía, nadie la paraba, nadie le importaba. Y nadie la cuidaba. Solita en el medio de la mar siempre andaba.

Pero esa locura de atar y no soltar, de atrapar, de encajar; de encajar a la perfección al punto de no poder disipar, le encantaba. Había llegado para atraparla, para hacerla pedacitos, para derribarla y matarla. Le mostró los mil y un caminos que no conocía, le mostró que podía gritar, que podía correr, que podía cantar y bailar mejor de lo que pensaba. Le mostró que había un reino más allá de lo que sus ojos alcanzaban a vislumbrar. Le mostró que podía ser amada. Le mostró que nadie podía golpearla, incluso le enseñó que era más fuerte de lo que creía y que nada la lastimaba. O cambiémosle el sentido a la cuestión, le mostró que podía lastimar, que tenía en sus manos el poder de hacerle mal, de achicarlo a él hasta el hartazgo, de convertirlo en la cristalización de la vulnerabilidad. Le mostró que era más poderosa de lo que su personaje se había imaginado. Y lo mató. Con su simple sonrisa lo mató. Se adueño de ese cuerpo desbordante, se adueño de ese pelo encandilante, se adueño de esos ojos deseados y nunca aprovechados. Supo ver más allá de lo que alguien vio. Supo gritarle al oído hasta hacerle entender lo que era un grito. Supo rozarla con la muerte de verdad, y no matarla. Y no asustarla. Supo apretarla contra su pecho y no ahogarla. Supo cuidarla. Supo darle de beber hasta el hartazgo y no quebrarla. Supo drogarla. Supo entenderla cuando no lloraba. Y amarla cuando callaba. Supo leer su silencio mejor que su propio miedo. Supo entender sus manos sin siquiera besarlas, supo conocer su cuerpo, su espectro, su amo. Supo ganar, supo batallar contra lo mas firme que había creado. Y ganó. Ganó como nadie había ganado. Mató a su yo malvado, se llevo la luz, con premios y aplausos. Todos lo aplauden por haber descubierto lo que tantos creían muerto. Supo merecer el cambio, el derrumbe, el desasosiego. Supo mejor que tantos como llevarla a lo más bello del engaño, y sin traerlo. Metafórico engaño innecesario, pero pegaba bonito, y lo metimos. Es que no encuentra palabras para plasmar todo lo que supo, ni entiende cómo lo supo. Tan sólo su magia se adueño de esa nada que sin sentido habíamos enterrado, se adueñó, la encontró, la desenterró y la hizo brillar. Ahora ella anda con su sonrisa, esa que nadie veía, y él encontró. Esa que todos creíamos inactiva, esa sonrisa que tanto asco nos daba, y que es hermosa sentirla. Ahora sus manos no se pueden soltar, siente algún que otro miedo al pasar, innecesario, quizá, pero ese miedo la hace sentir más fuerte, y no la quiere dejar. Y en el fondo sabe que es de ella para siempre. Sólo que ahora tiene un compañero más. La que andaba sola en el medio de la mar, tiene ya con quien jugar. Su soledad encontró quién encaje entre sus dedos, entre sus ideas no concebidas, entre sus pensamientos más perversos, ese hermoso karma que parecía perseguirla se convirtió en lo mas bello hasta el momento. Sus brazos se entrelazan con cada movimiento, y no quiere, no puede, no desea soltarlo. Quiere atarlo, quiere sentirlo en cada momento. Hay algo nuevo que persigue a su cuerpo, ese que tanto deseaban y que tanto se escondía para con el poder producir placer, tiene compañero. Y esa cabeza que tanto la martirizaba y le enseñaba cosas insanas, tiene donde apoyar sus ideas y descansar en paz, sabe que por más velocidad que haya, nada le va a pasar. Su brazo siempre la va a atajar, a abrazar, a cuidar hasta el cansancio, a disfrutar sin nada a cambio, a derretir sin pedir permiso, a soportarla, a embadurnarla de eso que sabe que tiene, y no puede, no puede soltarlo. Deseosa de sus poderes mágicos, tan sólo se limita a mirarlo, a disfrutarlo, a escucharlo. A amarlo en cada parte, en cada momento, en todo lugar y tiempo. Se sabe al fin segura, en eso que tanto la asustaba. Y será que su miedo al fin se fugó, para dejarla descansar en paz en esos brazos que tanto la aman.

23-6-2011

lunes, 20 de junio de 2011

Rapiñaba montada a los container...

Y después de ti lunas y lunares
la vuelta al calcetín, las sábanas impares,
la baba de las putas sin pedigri,
la cicuta de los bares.

Pulgarcita no está acostumbrada a que la amen. Es más, no sabe de qué se trata. Sabe de las caricias de mamá, de los abrazos de papá, lo incondicional de los amigos, esas formas de amor que se derraman por la vida como la mejor miel. Pero que la amen esos seres que despiertan instintos y provocan dolor de barriga, no, no sabe lo que es. Sabe bien cómo se siente que la hieran, que le mientan, o que le den placer (del bueno y del cruel). Pero ¿amor? Desconoce la palabra y todos los significados que se le encadenan en torno a un cuerpo varonil. Será por eso que las caricias la estremecen, que cuando duerme con alguien no sabe bien con quien duerme, que la desconcierta el calor y, por un rato, la cama se le vuelve helada en la conciencia. Es que ser feliz es una elección, chiquitita, y la tomás todos los días pero a veces te paraliza. Y ahí se da vuelta Pulgarcita, y se duerme, y desconecta sus neuronas del ambiente.

De pronto despierta en un mar de roces y saliva, se electrifica, el aire se vuelve denso, embriagador, sutilmente encantador. Su vocecita de niña adormilada suelta un “Buen día” cómplice y divertido, mientras se muerde lentamente el labio inferior, cierra los ojos y se deja secuestrar, violentar, excitar. Lame sus heridas tan despacio que le hace cosquillas. Al principio, cuando no la veía, escondía un par de lágrimas tras los párpados. Hoy ya no. Respira cada vez más rápida y entrecortadamente, rasguña y muerde, se aferra, susurra alguna que otra cosa y un beso la acalla de pronto. Otro más, y otro. Hace frío afuera y Pulgarcita no quiere salir. Se ríe a carcajadas, y otra risa le responde. Alegría, armonía, y el olor de esa piel particular (cada día más particular que la anterior). Se le cae a pedazos la armadura, haciendo un sonoro ruido metálico que le sacude los sesos y le acelera el pulso. Miedo. Tanto miedo. Mucho miedo. Y de pronto un último suspiro, y el silencio, y los latidos, y un roce en el pelo.

Raro. No digo diferente, digo RARO. Pero la hace caminar a unos centímetros del piso, y logró que la estación ya no fuera tan sombría, y que las mismas calles lleven a otro lugar. Renovó su aire de pequeña suicida, de carricoche de miga de pan, de princesa y vagabunda. Nunca deja que un ángel haga un nido en su almohada, pero se acuerda tarde, y el anzuelo se le hunde en la boca. Está a un paso del abismo y tiene ruedas en los pies. No hay freno posible, y lo sabe. O lo hay, pero a coste de esa santa conexión inexplicable que intenta descifrar sin darse cuenta que, por ser indescifrable, resultó sorpresiva, y por ser sorpresiva logró invadirla. Y no, Pulgarcita no sabe qué es que la amen. Pero esto, sea lo que sea, encaja en su mundo y le cambia el color. Es su beso en la lluvia, su goce intenso, su fiebre nocturna, su sábana mojada, su comedia de situación, su eterna indecisión, su calor de invernadero. La kriptonita de este Superman.

viernes, 20 de mayo de 2011

Papel picado


Café con leche, dos tostadas, un jugo de naranja. Todas las mañanas iguales (¿peleando como animales?). La cama todavía está tibia y la melena morocha intenta encauzarse delante del espejo. Que rico el café, que frío que hace. Y la voz hoy tararea un tango. Hoy está contenta. No se respira aire tenso, no hay reproches, no hay malentendidos. El tango sigue sonando y la melena morocha, sin saber por qué, también empieza a tararearlo. No sabe cómo sabe la letra, pero la lleva corriendo por la sangre. Se ve que se coló entre los mil y un cafecitos con leche de sus mil y una mañanas, desde que se levantaba y se ponía el pintorcito hasta ahora, cuando cambió el pintorcito por un corazón roto alguna que otra vez. Se ven dos mujeres cantando esta mañana, pero se oyen tres. Después de todo, la tercera es la primera.

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Abrazame. ¡Ouch! Ojo, despacito, con cuidado.Todavía estoy mal cosida. Así, anda despacio, muy despacio. No me beses. No, mejor besame (lo voy a lamentar). Guarda que quema todavía. Ahora sí, probá de vuelta. Abrazame como si estuviera hecha de hojas secas, de algodón…y también de alfileres. Sobretodo abrazame como si te doliera. He aquí el dilema del erizo: cuanto más cerca estemos, más chance tenemos de desgarrarnos, de aniquilarnos, de comernos los sueños del otro sin querer. Sin duda, soy un erizo descuidado: ya están tus manos sobre mis manos, tu ombligo sobre mi ombligo, mi cintura perdida debajo de vos. Pero, ¿realmente sos un erizo? ¿O soy sólo yo la cubierta de espinas? No sé, pero por las dudas, abrazame despacito (y haceme tuya con rabia, con fuerza, con ese sudor, con tu sudor)

Que me tenga cuidado el amor.

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Foucault, Verón, Saussure, Cortázar, Vattimo, Nietzsche, Pizarnik, Galeano, Baudelaire, Metz, Saki, Bukowsky, Adorno, Benjamín, Barbero, Marx, todos ellos y más me gritan desde las hojas: “¡Bienvenida al mundo! A ver qué logras hacer con él.”

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¿Dónde pongo lo hallado,
en las calles ,los libros ,las noches ,
los rostros en que te he buscado?

Supongo que en esa cajita de té que nunca lleno de té.

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No sabemos ni de qué, ni cómo, ni por qué nos reímos. Tampoco sabemos que va a ser de nosotros mañana o pasado, el fin de semana es un hueco en el tiempo corriente para gente como ellos, o como yo. Sólo sabemos que estamos bien, que nuestro rato juntos está bien, no importa cómo, ni cuando, ni dónde. Acá, en esta suerte de vórtex, no existen ni trabajos incordiosos, ni padres rabiosos, ni novios celosos, ni noches de insomnio, ni desamores, ni tormentas. Salvo la nuestra. Y cada noche está para desatarla.

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“Yo a vos no te creo nada, ¿cómo vos vas a creer en mi?”

“¿Cómo decís?”

“Nada, estoy cantando”

¿Entran universos de tierra y agua en esta cama?

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Repetían, como un mantra, “Let it be”. Locas de atar, ¡pero de atar eh! Era su ritual sentadas en la baldosa tibia, entre el humo, con una media sonrisa. Saben que sobrevendrá alguna que otra crisis, pero también saben que son felices. Locas, rabiosas, neuróticas, pero inmensamente felices. La más chiquitita estornuda.

“Salud”

Vuelve a estornudar, cual si fuera una ratita.

“Dinero”

Le pica la nariz. Está a punto, muy a punto. La boca de la que anda sola en medio de la mar comienza a dibujar lentamente la letra A mientras que la adolescente suicida de Verona reprime con fuerza el estornudo.

“Sabés que, de todos modos, algún día va a llegar

Se sonríen mutuamente. LET IT BE.

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¡Payasa! ¡Gorda payasa! Como corre, como salta, como se nota que sueña esa cabecita. Es como un puntito de luz y vive encendida, y ama la vida. No le tiene miedo a nada (salvo a algún que otro pelotero). Da besos con ruido, y balbucea, y yo no veo la hora de que por fin hable, y cante a los gritos, y me cuente secretos al oído. Me abraza cuando me río, cuando lloro, cuando me enojo. Todavía tiene intacta esa incondicionalidad que muy pocos mantienen a lo largo de su historia, y yo la amo porque no sabía que existía esa clase de amor. Yo quiero ser como ella cuando sea grande. ¿Falta mucho?

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Acá son todos negociados: el fútbol, la política, los diarios, la televisión.

Grita. Nunca escucha, solo grita. Si por él fuera, anotaría los segundos en los cuales respira, pero su control no puede con la vida entera, ni con la locura, menos con la mía. Y yo, su muñeca de porcelana, la figurita difícil del álbum (si lo soy para él, no sé por qué me asombro de haberlo sido nuevamente), el microemprendimiento de su casi medio siglo, quiero llorar. Me muerdo la lengua y me enveneno, respiro hondo, digo todo que sí. Y me late el cerebro, y se retuercen mis neuronas, y quiero que se calle. Con todo, no sería capaz de decirle adios. A veces siento que no es feliz, y se me caen todos los cielos encima, y trato de que me oiga pero en su cabeza ya no hay más lugar. Entonces, sólo lo abrazo, apenas, y vuelvo a tener 8 años. Ya que no puedo regalarle una vida nueva, le regalo un recuerdo tibio, lo imprimo en su memoria y le recuerdo que no soy más muñeca, ni figurita, ni proyecto, pero que seré siempre su ángel de la guarda (aunque yo no sea un ángel, y él tampoco crea en ellos).


*BELLOTA*